26 janeiro, 2010

Una triste crónica de cómo el “bife” que se vende al mundo ya no es tan argentino

Datos oficiales adelantados en exclusiva a iProfesional.com dan cuenta de que los poderosos frigoríficos que operan en el país bajo bandera de otras naciones ya se adueñaron del 50% del mercado de la carne de exportación. Sepa quién es quién en un negocio que mueve más de u$s1.900 millones anuales

A pesar de la mayor crisis económica mundial de las últimas décadas, los continuos conflictos entre campo y Gobierno y la sequía histórica que padeció el campo argentino, el sector de la carne cerró un 2009 con valores positivos.

En efecto, según datos oficiales que dará a conocer el INDEC en los próximos días, las exportaciones de carne totalizaron u$s1.934 millones, lo que implicó un alza del 8% en comparación con el 2008.

Sin embargo, si se tienen en cuenta los volúmenes, la suba fue mucho más marcada: casi 50%, al alcanzar envíos por 594 mil toneladas, lo que implicó cerca de 200 mil más que en el período anterior.

Así, el de la carne se convirtió en uno de los pocos sectores del rubro agropecuario que cerró con números positivos.

La presidenta Cristina Fernández de Kirchner había tomado nota de esto y lo hizo público recientemente, cuando afirmó que esta fuerte suba correspondió a “un sector que tantas discusiones y debates ha traído sobre si íbamos a quedarnos sin carne o no”.

“Es bueno resaltar esto por muchas cosas que uno escucha, lee publicadas o mira por la Argentina que se televisa. Estamos muy contentos porque, además, hemos experimentado un crecimiento en destinos”, subrayó.

Sin embargo, lo más relevante de este “veranito” exportador es que el grueso de esos envíos lo realizan frigoríficos con bandera de Brasil o Estados Unidos.

En diálogo con iProfesional.com, Miguel Schiariti, presidente de la Cámara de la Industria y el Comercio de Carne de la República Argentina (Ciccra), alertó que, “a partir de un proceso de concentración que comenzó hace dos años, la mitad de las exportaciones de carne se las llevan los grandes grupos extranjeros”.

Raúl Ochoa, ex subsecretario de Comercio Internacional, coincidió y afirmó que, “a partir del fuerte proceso de adquisiciones de plantas por parte de compañías del exterior, principalmente brasileñas, hoy el 50% de las exportaciones de carne no están en manos de empresarios nacionales”.

Schiariti -el mismo que amenazó con denunciar al secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno por presunta “maniobra intimidatoria” al mandarle inspectores a su organismo luego de solicitar un recurso de amparo para frenar el trámite de adjudicación de la Cuota Hilton, aduciendo malos manejos- aseguró que las ventas al exterior en general “se concentraron más y más desde que interviene Moreno, ya que los permisos de exportación que van saliendo tienden a favorecer a las grandes empresas y la mayoría de ellas no son de capital nacional”.

Para el dirigente empresario, “lo que el secretario de Comercio busca es que la industria se concentre y así poder negociar con 10 empresas a lo sumo y no con 700”.

Brasil, el “rey” de la carne
Que Brasil hoy maneje gran parte del negocio de la industria cárnica en la Argentina es consecuencia de una visión de largo plazo tanto del sector público como del privado.

“Los brasileños, en lo que respecta al negocio de la carne, trazaron un plan estratégico impresionante. Y la verdad es que envidio esa iniciativa”, destacó Ochoa, quien agregó que, desde hace años, “se instalan en los mejores mercados y buscan los frigoríficos que manejen la mejor calidad. Esto les permitió expandir su producción, no sólo en la Argentina, sino a escala mundial”.

Si se analiza cómo era el escenario hace algunas décadas atrás, se podría pensar que la Argentina era el país por excelencia con posibilidades para conquistar el mercado global de carne.

En efecto, en los ´60, los frigoríficos locales tenían el 25% del negocio alrededor del mundo. Sin embargo, desaciertos políticos mediante, esta proporción descendió a cerca del 5 por ciento.

Por su parte, Brasil, que superó la mala fama de producir carne dura, pasó de ser un mercado fuertemente dependiente de las importaciones a ser el gran dominante del negocio.

Así, luego de importar durante décadas bifes de la pampa húmeda, ahora ostenta el 27% del comercio internacional y, de acuerdo al plan trazado por el Ministerio de Agricultura de ese país, en 2018 busca captar el 60% del mercado global.

Sin embargo, el dato más destacable es que si se contabilizan las ventas al mundo por parte de frigoríficos en manos de empresarios brasileños, repartidos en países como Estados Unidos, Italia, Uruguay y la propia Argentina, esta proporción hoy mismo supera el 50% del comercio total mundial.

Radiografía empresaria: quién es quién
En lo que respecta a los jugadores locales, de los diez principales establecimientos exportadores, cinco tienen bandera extranjera.Puesto en números, esto implica que de los u$s1.100 millones que generó en concepto de ventas al mundo este selecto grupo de empresas, cerca de u$s700 millones fueron de compañías bajo capital brasileño y estadounidense, es decir, más del 60% del total.

El líder absoluto del negocio es Swift, una de las más tradicionales empresas del sector en la Argentina y que en 2009 realizó exportaciones por u$s291 millones, es decir, el 15% de lo que mueve toda esta industria.

La compañía fue adquirida en 2005 por el poderoso grupo brasileño JBS y hoy exporta a cerca de 70 países. Cuenta con 8 plantas de procesamiento en el país, en las que elaboran diez tipos de productos cárnicos diferenciados.

JBS-Friboi, la mayor empresa del sector de carne bovina del mundo, que posee establecimientos además en Estados Unidos y Australia y acceso al 100% de los mercados mundiales, en 2006 adquirió al frigorífico Consignaciones Rurales, a CEPA y a Col-Car, esta última operación realizada en 2007 a través de Swift.

Paty, orgullo brasileño
Continuando con el relevamiento, en el segundo puesto de los mayores exportadores está Quickfood, que en 2009 realizó exportaciones por u$s126 millones.

El tradicional frigorífico, dueño de la marca Paty, fue adquirido en 2007 por el poderoso grupo brasileño Marfrig, fundado por Marcos Antonio Molina Dos Santos, un empresario que, según cuenta la “leyenda”, comenzó con un pequeñísimo emprendimiento en San Pablo en la década del ´80, dedicado a la elaboración de chinchulines y hoy ya es el cuarto productor de carne bovina del mundo y es el primero de Uruguay.

Sin embargo, el poder de Marfrig en la Argentina no se limita a Quickfood: en 2006 ya había adquirido Argentine Breeders & Packers, el actual décimo mayor frigorífico local, con ventas al mundo por 45 millones de toneladas. A esta compra luego se sumó la adquisición de Estancias del Sur, Best Beef y Mirab.

Estados Unidos también invierte
La realidad es que la alegría no es sólo “verdeamarelha”, dado que en la Argentina, otros dos de los principales frigoríficos locales están en manos de una empresa de capital estadounidense.

En efecto: el gigante Cargill tiene una pata en el negocio cárnico tras haber adquirido en 2005 a Finexcor, un tradicional frigorífico argentino fundado en la década del ´60 y que cuenta con dos grandes plantas, uno en Buenos Aires y otro en Santa Fe.

No conforme con esto, a mediados de 2007 adquirió Frigorífico Regional Industrias Alimenticias Reconquista (Friar), que estaba en manos de la compañía Vicentín, una de las mayores aceiteras argentinas.

Cabe resaltar que, según datos a los que accedió iProfesional.com, estos dos establecimientos realizaron exportaciones por más de u$s200 millones, con lo cual, Cargill, además de ser el dueño de 15% de las ventas al mundo de cereales y del 20% de aceites, ahora alcanzó el 10% en el rubro cárnico.

La cuota Hilton, el negocio más jugoso
Sin embargo, lo que más preocupa a los expertos es la “extranjerización” de la parte más jugosa del negocio de exportación: la Cuota Hilton.

Se trata de un cupo que anualmente le permite a la Argentina colocar en el mercado europeo unas 28.000 toneladas de carne de siete cortes premium: bife angosto, cuadril, lomo, nalga, bola de lomo, cuadrada y peceto.

La Hilton –que adquirió ese nombre cuando a fines de los ´70 se firmó el acuerdo en un hotel de la cadena que lleva ese nombre- es un negocio que alcanza los u$s223 millones anuales, es decir, poco más del 10% de las exportaciones.

El dato clave es que, como son cortes que ingresan sin aranceles, es el negocio más rentable de todo el sector y el más deseado por las empresas y, justamente, el que en realidad vinieron a buscar los brasileños.

En otras palabras, hoy un establecimiento exportador vale más por los vínculos comerciales que tiene con el mundo que por sus instalaciones. Más teniendo en cuenta que la Argentina, en los próximos años, podría ser beneficiada con un fuerte incremento de la cuota, en el marco de un acuerdo más amplio con la Unión Europea.

En diálogo con este medio, el directivo de un frigorífico nacional que pidió absoluto off the record, mostró su fastidio: “El Gobierno nunca tendría que haber dejado que la Cuota Hilton pase a manos extranjeras. Este es un beneficio que se le da a una Nación, no a una empresa”.

Además, destacó que “La Argentina, en la mesa de negociaciones con los funcionarios europeos, tuvo que ceder en ciertos aspectos comerciales para ser beneficiada con este cupo y esto lo tendrían que estar aprovechando sólo empresas nacionales”.

La razón de la polémica es que en las tres últimas asignaciones (que suman cerca del 30% de las 28.000 toneladas que se deben alcanzar), las empresas de los grupos Marfrig, JBS y Cargill obtuvieron el 30% del total, mientras que hubo 30 empresas chicas que no obtuvieron ninguna tonelada aún.

En este contexto, tras la firma de un decreto presidencial, iba a entrar en vigencia un flamante sistema de reparto de la Cuota, que no iba a respetar la performance histórica de cada frigorífico, sino que se iba a determinar mediante un concurso público.

Frente a esto, desde Ciccra presentaron un recurso de amparo en contra del nuevo sistema, con el argumento de que “favorece a los frigoríficos amigos del Gobierno y tiene requisitos imposibles de cumplir para el resto de las empresas”.

Y fue la jueza en lo Contencioso Administrativo federal María José Sarmiento –la misma del “affaire Redrado”- la que tomó la decisión de frenar el reparto.

Según Schiariti, “estas medidas tienden a concentrar cada vez más el negocio. Y lo cierto es que la cuota Hilton es un bien del Estado, una compensación que recibe de la Unión Europea que debe servir, además, para que los frigoríficos chicos participen, mejoren la calidad sanitaria y esto termine beneficiando en general a todos los consumidores en nuestro país. Por eso, hay que democratizar la Cuota y no continuar beneficiando a 10 empresas y dejar de lado a todo el resto”.

Juan Diego Wasilevsky
(c) iProfesional.com

fonte: http://comex.iprofesional.com/notas/93240-Una-triste-cronica-de-como-el-bife-que-se-vende-al-mundo-ya-no-es-tan-argentino.html

3 agosto, 2009

ITINERARIOS :: CATAMARCA El camino de las maravillas

María Zacco
ESPECIAL PARA CLARIN.


Una duna gigante y blanca parece interrumpir la ruta. Unos metros más adelante, la ilusión óptica se desvanece al alcanzar una curva cerrada hacia la derecha. De lejos, parecía el portal de entrada a un mundo fantástico. Como muchos de los sitios escondidos en la misteriosa Puna catamarqueña, no tiene nombre. Es un buen augurio: los indicios que deparan grandes aventuras suelen presentarse así, de repente y sin nombre.

Ese recodo de la mítica ruta nacional 40 abre las puertas al rincón más remoto del noroeste de Catamarca, entre salares, volcanes, desiertos e inesperadas lagunas.

El pueblo El Peñón, un puñado de casas de adobe rodeadas de álamos ralos, es el punto de partida de este impactante recorrido. Para llegar hay que transitar 490 kilómetros desde San Fernando del Valle de Catamarca, en los que el terreno trepa hasta los 4.000 metros de altura.

Los altísimos cardones de la Quebrada de la Sébila dan la bienvenida a la aridez, apenas matizada por débiles cursos de agua de vertiente, que se esfuman entre las rocas al tomar la ruta 60.

En un tramo que se interna naturalmente en el norte de La Rioja, el camino lleva a los olivares de Aimogasta hasta el empalme con la ruta 40. Rumbo a Hualfin, donde haremos noche, comienzan a dibujarse las primeras constelaciones en el cielo rosado.

Por rincones secretos

Todavía es de noche cuando partimos hacia El Peñón por un sinuoso camino de ripio. Son las 7.30 y sólo la calefacción de las camionetas 4×4 nos devuelve el alma al cuerpo. Nuestra actitud aletargada se desvanece con el entusiasmo del guía, Fabrizio Ghilardi, un economista italiano que decidió abandonar Milán tras unas vacaciones en la Puna. Sus exploraciones en la zona hicieron posible el acceso a sitios deslumbrantes, aún no invadidos por el turismo masivo.

Al final del tramo no asfaltado está la ruta 137-36. Así son las cosas por aquí: o no tienen nombre o tienen más de uno. La cuestión parece esconder algún misterio o la intención de que unos pocos descubran las maravillas que esperan más adelante.

Es una sola ruta pero depende de la dirección que se tome -al oeste o al norte- se convertirá en una u otra. Elegimos la 36, que asciende hacia el norte hasta los 3.400 metros. Es el inicio de la Puna, el reino de las vicuñas, que nos vigilan a distancia.

El suelo llano y los cerros rosados quedan atrás cuando una duna de arena blanquísima domina el paisaje en un recodo de la ruta 40. Sin nombre en los mapas, los lugareños la llaman Cuesta de Randolfo, acaso en homenaje al primer hombre que se topó con este tótem de arena que, de no ser por unas pisadas que ascienden hasta la cima, podría decirse que es el límite entre este mundo y otro deshabitado. Algo de eso debe haber, porque al costado de la ruta se suceden las apachecas, piedras apiladas, una ofrenda de los viajeros a la Pachamama en agradecimiento por haber dejado atrás un sitio para llegar a otro. Así que cumplimos con el rito y seguimos viaje.

El suelo comienza a cubrirse de burbujas de sal. Primero, unos copos entre el pasto ralo hasta formar una capa blanca uniforme. Es el ingreso a Laguna Blanca, una Reserva de Biósfera creada para proteger a los cisnes de cuello negro, que flotan a lo lejos.

También se ven cisnes rosados, patos y guares pero es imposible acercarse porque el suelo, muy húmedo y resbaloso, hace que nuestros pies se hundan como si se tratase de un pantano. Todo el valle está cubierto de colpa -salitre muy denso-, a la que los pueblos originarios de la región le atribuían valores sagrados y curativos. La consideraban beneficiosa para conciliar el sueño y para armonizar ambientes donde la energía estaba “estancada”.

El almuerzo en El Peñón es una buena pausa para aclimatarnos a la altura. Con un té de rica-rica, una hierba local, mitigamos los primeros síntomas del “soroche” o mal de altura.

Ciudad de arena y piedra

Poco después emprendemos una expedición hacia uno de los sitios más deslumbrantes de la Puna catamarqueña. El camino asciende hasta los 3.600 metros por una huella de arena y sal abierta por el espíritu explorador de Fabrizio. Y aparece un inesperado Sahara en plena Puna: dunas blancas, gigantes, se recortan en diagonales tajantes contra el cielo azul.

Este universo blanco, que unos pocos descubrieron para practicar sandboard, es también un exótico mirador desde el que se divisa un paisaje sorprendente o, acaso, un espejismo: un mar de crema en el que flotan copos de merengue. Arena y piedras calcáreas conforman esta ciudad fantasmal -de 25 km por 10 km de extensión- que es el Campo de Piedra Pómez.

Los últimos rayos del sol proyectan las sombras de las deidades porosas, que se multiplican hasta el infinito. Sin decir palabra, nos echamos a correr entre los médanos en distintas direcciones.

Desafío en zig zag

La luz de la mañana va ganando brillo en un nuevo día
que en una prometedora excursión nos lleva hacia Antofagasta de la Sierra.

La altura, junto a la escasez de agua, hace que los árboles brillen por su ausencia en esta zona de la puna catamarqueña. Sólo unos hilos de agua de vertiente crean pequeños oasis, como un espejismo, donde el pasto ralo atrae a mulas y llamas que dejan de pastar y parecen posar para las fotos. A poco de andar, los modestos pastizales son reemplazados por roca volcánica. El suelo se viste de negro, apenas matizado con racimos de rica-rica, que visten de copos redondos y dorados el horizonte, donde se recorta la silueta triangular del volcán Antofagasta.

Tras atravesar a pie el campo de lava, el viento y las laderas empinadas del gigante avisan que llegar a los 3.500 metros de altura será un verdadero desafío. El recorrido está delineado por cinco zig-zag, una huella trazada por otros hombres, a fuerza de voluntad, en un suelo muy resbaloso, ya que está compuesto únicamente de pilis (pequeñas rocas de lava solidificada).

Esos senderos, que desde abajo parecen las pinceladas de un artista, deben respetarse de modo fiel, con pausas necesarias para recobrar el aire.

Al alcanzar la cima, apenas queda aliento para gritar ¡Eureka!. Sin embargo, además de las nubes, el viento parece haber borrado de un soplo el cansancio y el mal de altura: en primer plano se ven las lagunas azules del volcán, y lejos, el Campo de Piedra Pómez.

Final del juego

Bordeando hacia la derecha la cumbre -el volcán tiene dos picos, separados por una lomada ondulada, que indica la división del cráter en dos partes-, la vista se extiende hasta el volcán Alumbrera.

El último alto de esta travesía nos lleva a un pueblo donde los carteles que señalizan las calles sólo tienen impresos signos de interrogación. Desconcertados, preguntamos por los nombres, impulsados por la necesidad racional de colocarle a todo un rótulo. ¿Qué importa dónde estamos?

Las deliciosas casitas de adobe, las voces amables, el viento y ese aroma de la leña quemada nos provocan una extraña atracción de las cosas que nos resultan incomprensibles, pero que recibimos sin preguntar, porque hemos aceptado su misterio.

http://www.clarin.com/suplementos/viajes/2009/08/02/v-01969991.htm